ARRUGAS EN EL ALMA

Arrugas en el alma

–La vida no es eterna hija, vívela intensamente, pero se prudente –le dijo Juana a su hija que salía de casa.
La joven salió. A pocos metros se encontró con su padre que regresaba después de un día agotador.
–¡Hola pa! –saludo la chica.
– ¡Hola! –saludo el padre con tono lacónico.
El hombre entró a la casa y saludo a su mujer.
– Jana va muy guapa. El chico ese que la pretende, le esperaba en la esquina. No me justa –le dijo.
– Es un buen chico –respondió ella.
– No sé, pero no me gusta. No será como el badulaque de nuestro hijo que no sabe hacer otra cosa que dormir y divertirse –dijo en alusión a su hijo menor, Gustavo.
– Otra vez, lo mismo. Sólo tiene dieciséis años y acaba de terminar la secundaria –abogó por su hijo Juana.
– A esa edad yo ya me ganaba la vida. Tengo cuarenta y vengo trabajando desde la edad que tiene él. No trabaja, no estudia duerme en el día y trasnocha. Cómo me voy a callar si veo que esta desperdiciando su vida. No sé por que lo defiendes –le increpó el marido.
Cuando entró a la cocina Gustavo los encontró discutiendo.
– Nuevamente yo soy el causante de vuestras discusiones, ¿verdad? –dijo el chico.
– ¡Si, siempre tú! ¡El haragán! –le dijo casi gritando.
El chico, no respondió, fue a servirse una tasa de café.
–El café cuesta dinero, lo mismo que el azúcar, que la luz, que el agua –lo lastimó.
Conforme le reprochaba su facies se alteraba, sus ojos se encendían y sus gestos se endurecían.
– ¡Roberto! ¡Calma Roberto! –le dijo apenada su mujer que se hecho a llorar.
Sólo así, se calmó el hombre. Mientras su hijo con la cabeza gacha se retiró “Lo siento” dijo y salió.
Calmados, la mujer cogió de la mano a su marido y lo llevo delante de un espejo.
– Mira, obsérvate bien, qué vez –le pregunto.
– A mi. Me veo a mi –repitió. No sé a que viene esto, no entiendo. Es una imagen de mi, eso es lo que es –le respondió.
Cuando se retiraba la mujer lo volvió a coger, esta vez del hombro e hizo que se mirase nuevamente. Roberto, complació a su mujer y luego se retiro a la habitación. Allí se puso a tararear una canción delante del espejo del tocador y pudo verse más relajado. En ese momento pudo notar la diferencia con la imagen del espejo del piso de abajo y la ira le invadió nuevamente y automáticamente cogió lo que más cerca tenía a la mano, una hoja de papel y la estrujó
– ¡No Dios mio! ¡Qué estoy haciendo! –se compadecía.
Su mujer, que lo observaba desde el umbral de la habitación, se acercó a él que permanecía sentado en el borde de la cama empuñando el papel. Le abrió la mano, extrajo el papel y lo extendió delante de sus ojos.
– Lo ves, míralo –le dijo–. Tu alma, tu espíritu y tu corazón es como este papel. Ten, estíralo, y déjalo como estaba antes de estrujarlo.
– No me di cuenta, cogí lo que estaba más a la mano –respondió él.
– Así es, los que estamos mas cerca a ti somos nosotros, tu familia. Yo, tu esposa y tus hijos.
– Anda, intenta estirar el papel –el hombre lo hizo.
Una y otra vez lo tenso, pero el papel ya no era el mismo. Las arrugas, los relieves y las marcas que habían quedado no se podían reparar. Y, nuevamente esa impotencia de no poder arreglar lo que había dañado lo puso de mal humor.
–No se puede arreglar cariño –dijo con vos apagada casi murmurando.
– Desgraciadamente no se puede lavar ni planchar. Así es nuestro espíritu, nuestro corazón.
La mujer abrió el cajón de la mesita de noche y extrajo un lapicero y se lo alcanzó.
–Anda escribe cualquier tontería sobre él, una sola línea cada día escribirás una línea, soló una hasta llenarlo todo –le dijo a su marido.
Cuando lo hubo hecho le dio el papel a su mujer que leyó lo que había escrito «Soy un hombre malo, un desgraciado» decía el escrito.
– No, no eres eso, sólo tienes un problema que hay que tratar. Siempre te he dicho cuenta hasta diez antes de decir algo. Algunas personas no necesitamos hacerlo ni siquiera pensarlo, actuamos espontáneamente, automáticamente, y tu también. Pero tu necesitas hacer ese ejercicio de pensar antes de decir algo que hace que podamos arrepentirnos toda la vida. Ya he concertado una cita con un especialista.

HRA

Febrero 2007

 

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